Eva es una mujer de mundo, literal: ha estado en tantos países que sus guías de viaje cobraron la popularidad suficiente para fundar su empresa y vivir (muy bien) de ello. Aunado a esto, está casada con un hombre que le fascina, viven en un precioso apartamento en Nueva York y llevan tan buena vida que se podría decir, lo tienen todo. Todo, excepto hijos, y precisamente la posibilidad de turbar ese sueño perfecto que es su vida, la hace dudar sobre si dar ese siguiente paso. Sí hizo lo correcto o no, será una pregunta que atormentará a Eva desde el momento en que sostuvo a Kevin en brazos por primera vez hasta, probablemente, el último aliento que ella de, pero sobre todo, cada vez que recuerde los acontecimientos de aquel jueves.
No recordaba de qué iba el libro y tal vez por eso fue toda una montaña rusa de emociones para mi; desde el miedo de Eva a la maternidad y los cambios que ello conlleva, el perro enojo que me provocaba el puñetas de Frnaklin, hasta el desconcierto cuando, por fin, caí en cuenta de que durante tres cuartas partes del libro un detalle importantísimo se me había escapado. Bueno, con decirles que se me escaparon un par de lagrimillas leyendo los últimos capítulos. Es de esos libros que me dejan tan pensativa y anonadada, que me uuuuuuurge hablar con alguien al respecto.
Pues vaya, que me ha quedado claro que no todas las maternidades son iguales, que puede llegar a ser dificil no idealizar a nuestros hijos y que por más que creamos conocer la verdad de una persona, muchas veces lo que vemos no es lo que realmente es, pero lo que sigo preguntándome es: ¿La maldad es algo con lo que se nace, o se va adquiriendo con el tiempo y las experiencias a lo largo de la vida?