Una mirada atenta que no se cansaba. Una renuncia que no era altruista ni humilde sino soberbia, altanera. ¿Por qué dicen siempre que las clases más ricas son altaneras? Yo he conocido a condes y a princesas, y ninguno era presuntuoso. Más bien parecían inseguros, con un poco de cargo de conciencia, como todos los grandes señores… Pero aquella campesina que me sostenía la mirada de manera desafiante no era humilde ni se sentía culpable. Su mirada era fría, brillante… como la hoja de un cuchillo de caza. Aparte de eso mostró un respeto y una educación perfectos. No dijo nada, no hizo nada, no movió ni un músculo. Era una mujer y estaba viviendo el momento más importante de su vida. Lo vivía en cuerpo y alma, con todo su ser y su destino.