Me preguntaba si tenía derecho a preocuparme por mí misma, por mi propia vida de una manera tan obsesiva, con tanta vehemencia. En medio de la miseria y la desgracia de millones de personas, ¿cómo podía sufrir porque mi marido no era mío por completo? ¿Qué importaba el secreto de su vida y mi infelicidad personal frente a los secretos y trastornos del mundo? ¿Con qué derecho indagaba en este o en otros secretos de un mundo ya de por sí bastante salvaje, aterrador y misterioso? Pero son cuestiones fútiles, ¿sabes? Una mujer no puede sentir como suyos todos los problemas universales.