¡Hablas como una urbanita! –protestaba–. El sentimentalismo no tiene cabida en el campo: es demasiado grande, demasiado importante, es la base de la vida; eso es lo que tú nunca llegarás a entender. A mí me encanta, lo aprecio tanto como tú, pero lo respeto mucho más que tú. No creo que el campo sea una postal. Lo veo como algo vital para nuestra existencia.
–Yo también lo veo así. Te lo aseguro –decía Imogen, muy seria–. Pero es que esa ardilla se movía como una ola. Tenía alrededor un halo de plata.
–Me parece que tienes la sensibilidad mal orientada, mi niña. Bueno –rectificó–, supongo que no debería decir «mal», sino «distinta de la mía».