Casi de la noche a la mañana se convirtió en risible leer a escritores como Cheever o Updike, que escribían sobre barrios residenciales donde habían crecido Madeleine y la mayoría de sus amigas, y pasó a ser de obligada lectura el marqués de Sade, que escribió sobre desfloramientos anales de vírgenes en la Francia del siglo XVIII. La razón por la que era preferible Sade era que las impactantes escenas de sexo en realidad no eran de sexo sino de política. Eran, por tanto, antiimperialistas, antiburguesas, antipatriarcales y anti cualquier cosa contra la que toda feminista joven e inteligente debía estar en contra. Hasta su tercer año en la facultad, Madeleine siguió saludablemente cursos tales como «Fantasía victoriana: de Phantastes a Los niños del agua», pero el último año ya no podía seguir ignorando el contraste entre aquellos jovencitos en penuria e impresionables de su seminario sobre Beowulf y los hipsters que veía a su alrededor leyendo a Maurice Blanchot. Estudiar en la universidad en los años de enriquecimiento rápido de la década de los ochenta adolecía de falta de cierto radicalismo. La semiótica fue lo primero que olió a revolución en las aulas universitarias. Marcaba una frontera; creaba un «elegido»; era sofisticada y europea; trataba temas espinosos, como la tortura, el sadismo, el hermafroditismo…, el sexo y el poder.