bookmate game
Suzanne Collins

En Llamas

Notify me when the book’s added
To read this book, upload an EPUB or FB2 file to Bookmate. How do I upload a book?
  • majosita456has quoted2 months ago
    Peeta me abraza en su regazo, me tranquiliza, me mece con dulzura.
  • Sha6jd ajohas quoted6 days ago
    soy yo la que sugiere la proposición de matrimonio pública. Peeta acepta hacerlo, aunque después se encierra en su cuarto un buen rato. Haymitch me pide que lo deje en paz.

    —Creía que era lo que él quería —dije.

    —Pero así no. Él quería que fuese de verdad.
  • Sha6jd ajohas quoted9 days ago
    Un par de agentes de la paz arrastran al anciano que silbó hasta la parte superior de los escalones, lo obligan a ponerse de rodillas delante de la multitud y le meten un balazo en la cabeza.
  • Sha6jd ajohas quoted9 days ago
    ella siempre estará conmigo. Todas las cosas bellas me la recuerdan. La veo en las flores amarillas que crecen en la Pradera, junto a mi casa. La veo en los sinsajos que cantan en los árboles. Y, sobretodo, la veo en mi hermana, Prim. —No me fío mucho de mi voz, pero casi he terminado—. Gracias por vuestros hijos —digo, y levanto la barbilla para dirigirme a la multitud—. Y gracias a todos por el pan.
  • Sha6jd ajohas quoted11 days ago
    Cierro los ojos con fuerza y no veo a Prim, sino a Rue, la chica de doce años del Distrito 11 con la que me alié en la arena. Podía volar como un pájaro de árbol en árbol y agarrarse a las ramas más delgadas. Rue, la chica a la que no pude salvar, a la que dejé morir. La veo en el suelo, con la lanza todavía sobresaliéndole del estómago…
  • Nayeli Cortéshas quotedlast month
    Peeta abre una ostra y lo oigo soltar una carcajada.

    —¡Eh, mira esto! —exclama, y saca una perla perfecta y reluciente del tamaño de un guisante—. Ya sabes, si se ejerce la presión suficiente sobre el carbón, se convierte en una perla —le dice muy serio a Finnick.

    —Eso no es verdad —responde él, con aire desdeñoso, pero yo me parto de risa, porque recuerdo que así nos presentó Effie Trinket, que no tenía ni idea, a la gente del Capitolio el año pasado, antes de que nos conocieran: éramos como trozos de carbón que se convertían en perlas gracias al peso de nuestra existencia; la belleza que surgía del dolor.

    Peeta limpia la perla en el agua y me la da.

    —Para ti.

    La sostengo en la palma de la mano y examino su superficie irisada a la luz del sol. Sí, la guardaré, durante las pocas horas de vida que me queden la llevaré siempre cerca. Es el último regalo de Peeta, el único que puedo aceptar de verdad. Quizá me dé fuerzas en los últimos momentos.

    —Gracias —le digo, cerrando la mano
  • Nayeli Cortéshas quotedlast month
    Me doy cuenta de que sólo una persona quedará herida sin remedio si Peeta muere: yo.

    —Yo —respondo—, yo te necesito. —Él parece enfadado y respira hondo, como si fuese a empezar un largo discurso, y eso no está bien, no está nada bien, porque empezará a hablar sobre Prim, mi madre y todo lo demás, y me confundirá. Así que, antes de que pueda hablar, lo silencio con un beso.

    Vuelvo a sentir lo mismo, lo que sólo había sentido en una ocasión, en la cueva, el año pasado, cuando intentaba que Haymitch nos enviase comida. He besado a Peeta unas mil veces, tanto en los juegos como después, pero sólo hubo un beso que despertase un cosquilleo en mi interior, sólo un beso que me hiciera desear más.
  • Nayeli Cortéshas quotedlast month
    —Podemos quedarnos tres cada uno, y los que queden vivos a la hora del desayuno ya decidirán sobre el resto —responde Johanna. No sé por qué, pero el comentario me hace reír un poco, supongo que porque es cierto. Al hacerlo, ella me lanza una mirada de aprobación. No, no de aprobación, aunque sí que parece algo satisfecha.
  • Nayeli Cortéshas quotedlast month
    —Voy a despertar a Peeta —digo.

    —No, espera, vamos a hacerlo juntos, los dos delante de su cara.

    Bueno, me quedan tan pocas oportunidades para divertirme en la vida que no tengo más remedio que aceptar. Nos colocamos a ambos lados de Peeta, acercamos la cara a pocos centímetros de su nariz y lo sacudimos un poco.

    —Peeta, Peeta, despierta —le digo en voz bajita y cantarina.

    Él abre los ojos lentamente y salta como si lo hubiésemos apuñalado.

    —¡Aaah!

    Finnick y yo caemos de espaldas sobre la arena, muertos de risa. Cada vez que empezamos a calmarnos, miramos a Peeta, que intenta mirarnos con desdén, y nos da otro ataque. Cuando conseguimos recuperar la compostura, se me ocurre que quizá Finnick Odair no esté tan mal; al menos, no es tan vanidoso ni creído como pensaba. En realidad, no está nada mal.
  • Nayeli Cortéshas quotedlast month
    —Bueno, parece que ya funciona —responde—. No pasa nada, Katniss. —Asiento, pero los sonidos no paran—. ¿Katniss? —Ahora es Peeta el que está preocupado por mí, lo que hace que la situación sea todavía más demencial.

    —No pasa nada, son sus hormonas —interviene Finnick—. Por el bebé. —Levanto la mirada y lo veo en cuclillas, aunque todavía jadeando un poco por la subida, el calor y el esfuerzo de traer a Peeta de entre los muertos.

    —No, no es... —empiezo, y me interrumpe una ronda aún más histérica de sollozos que no hacen más que confirmar lo que ha dicho sobre el bebé. Me mira a los ojos y le lanzo una mirada furiosa a través de las lágrimas. Es una estupidez que sus esfuerzos me fastidien tanto, lo sé. Sólo quería mantener a Peeta con vida; él ha podido y yo no, y debería agradecérselo. Y se lo agradezco, aunque también estoy furiosa, porque eso significa que nunca saldaré mi deuda con Finnick Odair. Nunca. Y así, ¿cómo voy a matarlo mientras duerme?

    Esperaba verle una expresión irónica o de petulancia, pero, curiosamente, parece inquisitivo. Mira a Peeta y me mira a mí, como si intentara averiguar algo, y después sacude la cabeza, como si quisiera despejarla.

    —¿Cómo estás? —le pregunta a Peeta—. ¿Crees que puedes seguir avanzando?

    —No, tiene que descansar —respondo. Me moquea la nariz y no tengo ni un trocito de tela para sonármela. Mags arranca un poco de musgo que cuelga de una rama y me lo da. Estoy demasiado destrozada para cuestionarlo. El musgo resulta agradable, absorbente y sorprendentemente suave.

    Veo un brillo dorado en el pecho de Peeta. Se trata de un disco que le cuelga de una cadena al cuello. Lleva grabado mi sinsajo.

    —¿Es tu símbolo? —le pregunto.

    —Sí, ¿te importa que usara tu sinsajo? Quería que fuésemos a juego.

    —No, claro que no me importa —respondo, obligándome a sonreír. Que Peeta aparezca en la arena con un sinsajo es tanto una bendición como una maldición
fb2epub
Drag & drop your files (not more than 5 at once)