Alejandro Magno, rodeado de toda la pompa de soldados y servidores que le seguían, se cruzó con Diógenes que, según su costumbre, se encontraba descansando. Orgulloso dueño de toda Grecia, Alejandro se sintió generoso y extendiendo el brazo se dirigió al filósofo en estos términos: «Pídeme lo que quieras, yo te lo concederé». Diógenes le miró unos segundos y, en tono seco, le contestó: «Pues apártate, que me quitas el sol»…
Vivimos obcecados por tener más dinero, por mejorar profesionalmente, por comprarnos un piso nuevo o comer en restaurantes caros y, sin embargo, quizás la auténtica felicidad sea la del sabio Diógenes y nos espere en forma de una mañana soleada, disfrutada tranquilamente en un parque…