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Martin Kohan

Confesión

Brutal y sobrecogedora, una novela con la dictadura argentina como telón de fondo.
Tres historias que forman parte de una misma historia. En 1941, en una ciudad de provincias argentina, una niña confiesa a un sacerdote los primeros y difusos impulsos sexuales que nota en su cuerpo, relacionados con la atracción que siente por un joven apellidado Videla que pasa cada día bajo su ventana. En 1977 un grupo de jóvenes revolucionarios prepara un atentado en un aeródromo para liquidar a un Videla que ya no es joven y es conocido por todos. Y, por último, una anciana –la niña de la primera historia— juega una partida de cartas con su nieto, que ha ido a visitarla a la residencia donde pasa sus días, y entre jugada y jugada le cuenta lo que le sucedió a su hijo, el padre del chico, en lo que resulta una nueva confesión. Tres historias y tres tiempos que se entretejen para forjar una única historia. Tres historias que hablan de dolor, culpa y confesiones.
Una novela sobrecogedora y deslumbrante, construida con una brillantísima arquitectura que le permite al autor penetrar hasta la médula de las historias –de la historia— que nos relata.
141 printed pages
Original publication
2020
Publication year
2020
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👍👎

Impressions

  • Diego Camposshared an impression6 years ago
    🔮Hidden Depths
    🎯Worthwhile
    🚀Unputdownable

  • Santiagoshared an impression6 years ago
    👍Worth reading

Quotes

  • Alfonso Velascohas quoted9 months ago
    El vientre, el incendio y la mano. Porque un incendio como ese, metafórico y no literal, no se apagaba echando agua. Tampoco cubriendo con frazadas. Tampoco soplando. Ese incendio era figurado y pasaba dentro de ella. Llevó la mano hasta su vientre, para apagarlo.
  • Alfonso Velascohas quoted9 months ago
    El vientre, el incendio y la mano. Porque un incendio como ese, metafórico y no literal, no se apagaba echando agua. Tampoco cubriendo con frazadas. Tampoco soplando. Ese incendio era figurado y pasaba dentro de ella. Llevó la mano hasta su vientre, para apa
  • Cristian David Hernandez Chaveshas quoted4 years ago
    Se dice que la ciudad le da la espalda al río. Lo bien que hace. El reproche, que es frecuente, supone que hay desperdicio, negligencia, necedad. La ciudad tiene su río, como lo tienen tantas ciudades: París y Londres y Frankfurt, o, para no ir tan lejos, Montevideo; la ciudad tiene ahí su mejor paisaje, como Rosario tiene las islas o Santiago la cordillera. Y, en vez de contemplarlo, lo ignora. Metáfora o literalidad: le da la espalda.

    ¿Hace mal? El río es horrible. Es espeso y es turbio, es monótono y es chato. No transcurre ni ofrece nada; su oleaje, si sopla viento, es remedo del auténtico, más bien una frustración de oleaje. Es peor que un río inmóvil: es un río que no sabe moverse. Se sacude, irregular, o se atasca en su mismo sitio, sin ritmo ni gracia, como un animal demasiado grande o una mole demasiado torpe.

    ¿De dónde viene? Del Paraná y del Uruguay. Pero perdió, entretanto, sus virtudes. Porque a los ríos no solo se los ve correr, uno también sabe que corren; que son otros cada vez, que no se quedan sino yéndose; uno sabe lo que le dieron a pensar a Heráclito y, con él, gracias a él, a todo el resto. ¿Y adónde va? Va hacia el mar Argentino, hacia el océano. Pero no tiene, todavía, sus virtudes. Porque a los mares no solamente no se los ve terminar, uno sabe que no terminan. Es por eso que se vuelven horizonte: porque llegan, en efecto, al horizonte. Esto otro es cortedad de vista, nada más: falta de ángulo, de perspectiva.

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