–Llevo años solo. Antes incluso de que mi mujer muriera. No me malinterpretes. Ella era una buena mujer, una buena mujer igual que Colleen, pero estábamos atrapados en la rutina. –La música no iba bien con la tierna tristeza de sus palabras–. Pensándolo bien, me he pasado bajo tierra la mayor parte de mi vida. Cuando llegaba a casa al final del día, a mí no me quedaban ganas de contarle nada. Después de veinte años, ¿de qué vas a hablar? Pero sí, ella era una buena mujer. Me hacía unas cenas estupendas, con carnes y salsas, sacaba el plato ardiendo del horno. Todo se reducía a esas cenas suculentas porque no nos quedaba nada que decir. Por lo menos nada que mereciera la pena.