Montserrat del Amo

Montserrat del Amo nació en Madrid el 15 de junio de 1927. En 1976 se licenció en Filosofía y Letras, especializada en Literatura Hispánica, en la Universidad Complutense de Madrid. Estudió, además, en la Escuela Superior de Comercio el grado de Perito Mercantil. Aprendió el oficio de cajista de imprenta. Enseñó Lengua y Literatura hasta que en 1985 dejó la docencia para dedicarse plenamente a la creación literaria, a la promoción de la lectura y a prestarse a toda aquella actividad que suponga un contacto con el lector y un estímulo.   Su obra ha sido nominada dos veces para el Premio Hans Christian Andersen y ha sido traducida a varios idiomas. Dos creaciones suyas han sido adaptadas a televisión: Patio de corredor, emitida por TV española en cinco capítulos en 1966, y Zuecos y naranjas en 1968. Durante su trayectoria ha obtenido diversos galordones, entre los que se encuentran el Premio CCEI por La casa pintada en 1993, el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en 1978 por El nudo, el Premio Lazarillo de literatura infantil y juvenil en 1960 por Rastro de Dios o el Premio de Literatura Infantil y Juvenil Cervantes Chico1993 por el conjuto de su obra o el Premio Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil en 2007.

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besaamumuhas quoted17 days ago
SE llamaba Rastro de Dios. Así lo había apuntado San Miguel, capitán de todos los Angeles, al final de su lista. Porque San Miguel tuvo que hacer una lista con los ángeles fieles, y apretar las filas de su ejército, para que no se notase el hueco que habían dejado los ángeles malos.
A todos les puso su nombre, empezando por Gabriel, el ángel que Dios había creado para anunciar al mundo la más importante noticia, y después apuntó a Rafael, que había de acompañar a Tobías en su viaje, y que desde entonces se cuidaría de conducir, sanos y salvos, a todos los viajeros.
Y así fue poniendo a todos su nombre hasta que solo quedaba uno: un ángel chiquitín y torponcillo, que no sabía apenas volar.
San Miguel había encargado a un ángel grande y fuerte, que se llamaba Fortaleza de Dios, que le enseñase; pero todo fue inútil. Él solo sabía volar en el rastro luminoso que dejaba Dios a su paso: como una callecita de luz. Allí sí; allí el ángel chiquitín extendía las alas, y volaba sonriendo feliz; pero en cuanto se descuidaba un poquito y se salía de las huellas de Dios, o se retrasaba demasiado y perdía la luz, sentía un peso de plomo en las alas y empezaba a caer, a caer, hasta que algún ángel lo recogía, y volvía a colocarlo en la callecita, donde el ángel chiquitín volaba feliz, sintiéndose seguro como un niño en su cuna.
Por eso, cuando San Miguel-Capitán hizo su larga lista con el nombre de todos los ángeles, escribió el último: Rastro de Dios, para que así se llamase en adelante el ángel chiquitín.
Y dijo San Miguel:
—Ten cuidado, Rastro de Dios, y no te apartes de sus huellas, porque Dios va a crear el mundo y los hombres nos darán mucho trabajo, y, si te caes, tal vez no podré mandar un ángel para que te recoja.
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