[Neutrinos]
Los fantasmas son los últimos
en escuchar el reloj.
Minutero o alarma o campana,
el sonido les queda lejos;
nadie sabe si es demasiado
lento o si cuando llega
el repique ellos ya
han desaparecido.
Nacen cuando un sol revienta
como un caballo cansado.
Se meten donde nadie
los llama; están en las plazas
y en las nebulosas, en las casas
abandonadas y bajo la tierra
de planetas borrosos. Están
en esas galaxias que se alejan
como órganos en busca de un cuerpo.
Aun así, es muy difícil atraparlos;
los fantasmas nunca se quedan
quietos. No se dejan tentar con azúcar
o aceite, no se detienen a beber
un poco de agua para el camino.
Pero a veces se tropiezan: un brillo
los distrae, pierden el pie,
equivocan el paso.
Entonces es posible ver
que no son del todo transparentes,
que no atraviesan sin más
la materia irreflexiva:
llevan algo consigo,
un contrabando, un memento
de su vida pasada,
una pelota que les perteneció,
un bolígrafo, un zapato sin
su par, un cuaderno en blanco,
un hígado, un peluche, uñas
o un diente, uno solo, como
un juguete viejo. Algunos
de ellos son memoriosos:
recuerdan los primeros
dos o tres animales de la luz.
No sabemos, cuando llegue
la hora tuerta, la hora última,
cómo se enterarán, qué reloj
les alcanzará con la noticia
cuando llegue la hora
de todos los muertos, todos
los vivos y todos
los que están por vivir.
[ASH]