Me enseñó también dos de sus pertenencias más preciadas: dos yelmos de bronce rematados con púas que databan de las guerras islámicas del siglo VII, acaecidas después de que el profeta Mahoma proclamara el nacimiento del islam en 610 d. C. En un aparador había una fotografía personal del último monarca iraquí, el malhadado Faisal II, descamisado y sonriente mientras practicaba el esquí acuático, tomada poco antes de su asesinato, junto con la mayoría de sus familiares, durante la revolución de 1958. De las paredes colgaban retratos enmarcados de otros antepasados ilustres –jeques, pachás y comandantes de la guardia real, todos barbudos y todos luciendo túnicas gallardas y armados con dagas– de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando Irak todavía era conocido como Mesopotamia