Así pues, la Judea en la que vivió Jesús y nació el cristianismo era un mundo en el que convivían, más mal que bien, unas culturas occidentales, fuese griega o romana, con las tradiciones, leyes y costumbres de una cultura antiquísima y excluyente, la judía, que soportaba muy a regañadientes cualquier variación o limitación de su forma de vivir de acuerdo a la ley de Moisés expuesta en la Torá.