II
La mente de ella me tenía atado del todo. Las palmas estaban calientes
como si yo viviera en un terreno ceniciento, como si
las hojas en que el viento no dejaba de sonar
más allá de mi Norte de frío silbaran en un Sur sepulcral,
el Sur de ella, de pino y coral y la mar coralina,
hogar de ella, no mío, en Cayos de frescura continua,
días de ella, oceánicas noches de ella, clamando
por una música, por murmureos de arrecifes.
Qué contento estaré en el Norte hacia donde navego
y sentir seguridad y olvidar la blanqueadora arena...