Los sabios de antaño la definen como una locura breve, pues como el demente, el iracundo es incapaz de controlarse, olvida lo que le conviene, ignora los afectos, se obstina en alcanzar sus fines, no escucha consejos ni atiende a razones, se ofende por nimiedades y no distingue lo justo de lo injusto ni lo verdadero de lo falso. Se parece a un edificio que, al derrumbarse, se hace pedazos sobre aquello mismo que sepulta.