Cuando tenía siete años, creí mover un lápiz con la mente.
Había oído la historia de un hombre que había aprendido por su cuenta a ver a través de los objetos, para así poder hacer trampa en los juegos de cartas. El punto era que, si alcanzaba un estado de completa concentración, podría hacer cosas con su mente que un ser humano normal sería incapaz de realizar. Aprendió a levitar, caminar sobre brasas y mover objetos, entre otras cosas. Sin embargo, lo primero que intentó fue observar algo durante horas para hacer que se moviera.
Así que una tarde limpié mi escritorio y coloqué en la superficie, plana e impoluta, un lápiz mecánico rosado con motivos de conejitos