Tal vez pensó durante unos instantes en abandonar las armas y en poner fin a aquella guerra, devolviendo a Helena y todas sus riquezas, y otras más. Pero sabía que a esas alturas ya nada detendría a Aquiles, salvo la venganza. Lo vio llegar a la carrera, rutilante con sus armas, igual que un sol naciente. Lo vio detenerse, frente a él, blandiendo la lanza sobre el hombro derecho, terrible como ningún hombre podría aparecer nunca, sino sólo un dios, el dios de la guerra. Y el terror se apoderó de su corazón. Héctor empezó a huir, corriendo a lo largo de las murallas, tan rápido como podía. Como un halcón, Aquiles se lanzó en su persecución, furioso. Por tres veces dieron la vuelta a Troya, como caballos lanzados en una carrera. Pero esa vez el trofeo no era oro, ni esclavos, ni riquezas: la vida de Héctor era el premio.