Juan Rodolfo Wilcock

El caos

Desde el tenue aviso con que Wilcock le advierte en dedicatoria privada a Silvina Ocampo («este libro en tan raro castellano») hasta el adverso milagro de su recepción en 1974, cuando se publica la primera vez, El caos es uno de los referentes más importantes y vivos de la narrativa argentina, como El juguete rabioso, La invención de Morel y Ficciones.
A eso contribuye su condición de libro de cuentos inestable. Todo en El caos permanece en estado de transformación: los personajes, las tramas, las escenas, las situaciones y, sobre todo, la lengua.
Esa vibración previa, esa inminencia, insinúa el escritor que Wilcock será, y abarca ya la obra futura: El estereoscopio de los solitarios, El ingeniero, La sinagoga de los iconoclastas.
Tanto si se trata de un magnicidio, de una fiesta depravada, de unos animales voraces y fantásticos que acechan en el parque Lezama o de un recuerdo de juventud, Wilcock sostiene con su estilo una diversidad de mundos y criaturas que perduran sin ambages en la memoria de los lectores.
Esta tercera edición aumentada, al cuidado de Ernesto Montequin, reproduce la segunda publicada en 1999 y añade dos narraciones nuevas.
244 printed pages
Original publication
2020

Impressions

    Yatzel Roldánshared an impression5 months ago
    👍Worth reading
    💀Spooky
    🚀Unputdownable

    Todos los relatos de este libro van de lo extraño a lo terrorífico: ¡son geniales!

    Ana Negrishared an impression10 months ago
    👍Worth reading

Quotes

    Yatzel Roldánhas quoted5 months ago
    El cataclismo ausente había puesto cruelmente al descubierto la opacidad de todas las vidas. De golpe, todos habían visto desplegarse frente a sus ojos, como la cinta infinita y aún virgen de un grabador, la inutilidad de sus propias vidas; una cinta lista para registrar solamente encuentros triviales, disgustos, victorias vacías, heridas que nadie podía aliviar; una vía consular de pérdidas y derrotas
    Yatzel Roldánhas quoted5 months ago
    Nunca antes la humanidad se había sentido tan decepcionada. Si al menos, decían, la Nube hubiera llegado para luego irse como había venido, dejando solamente a su paso una sensación de vacío, una apacible decepción que, en el peor de los casos, no hubiera sido otra cosa que la continua decepción de la vida; a estas cosas el mundo sabía adaptarse. Pero allí estaba de todas formas, visible a los ojos de todos, el espectáculo de ese cielo cambiante, con sus nubes barrocas teñidas con los colores más vistosos del arcoíris, con sus lunas en llamas que perseguían como jadeantes cazadores a los soles descoloridos; como recordatorio de la presencia de la Nube aún quedaban los fuegos artificiales de la noche, las explosiones atómicas de las auroras. Todo esto debía estar anunciando algo; y cada mañana, al salir de sus casas, empleados y obreros respiraban más profundamente, esperando descubrir todavía en el aire un tenue perfume de incienso, o al menos olor a quemado, algún nuevo indicio de la existencia de la Nube, alguna manifestación de su actividad que no fuera ese mismo cielo revuelto, esa fiesta lujosa y lejana
    Yatzel Roldánhas quoted5 months ago
    De todos modos, el cielo presentaba un aspecto cada vez más insólito. Muchas estrellas habían cambiado de color, y lo mismo ocurría con los planetas; a veces Júpiter parecía un huevo de Pascua iluminado desde adentro, para luego imprevistamente apagarse y desaparecer; Sirio giraba; Arturo se encendía intermitentemente como la luz de un faro; la Osa Mayor se había duplicado. La Vía Láctea era verde una noche, y rosa la siguiente. La luna aparecía erizada de puntas grises, y cuanto más lejos estaba, más roja se la veía; el azul oscuro del cielo nocturno se había vuelto, en cambio, amarillo

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