Gueorgui Gospodínov

Física de la tristeza

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  • neigealhas quoted6 years ago
    El Minotauro está sentado en la sillita, de espaldas al público. No impresiona porque parezca una bestia, sino porque en cierta manera es humano. Es su humanidad lo que te deja helado.
  • dani rouxhas quotedlast year
    El tiempo pasado se distingue del presente por algo muy significativo: nunca fluye en una única dirección
  • Anahas quoted4 years ago
    Recuerdo haber nacido como rosal silvestre, como perdiz, como Ginkgo biloba, como caracol, como nube de junio (el recuerdo es fugaz), como azafrán otoñal de color lila cerca de Halensee, como cerezo prematuro helado por la nieve tardía de abril, como la nieve que heló el crédulo cerezo…

    Yo somos.
  • Vanessa Lophas quoted6 years ago
    tierra de nadie, entre el sueño y el día.
  • Rafael Ramoshas quotedyesterday
    Recuerdo haber muerto como babosa, como rosal silvestre, como perdiz, como Ginkgo biloba, como nube de junio (el recuerdo es fugaz), como azafrán otoñal de color lila cerca de Halensee, como cerezo prematuro helado por la nieve tardía de abril, como la nieve que heló al crédulo cerezo…
    Yo fuimos.
  • Rafael Ramoshas quotedyesterday
    Recuerdo que una vez fui feliz. Duró unos seis minutos. Ocurrió en los jardines de Kensington, en el oeste de Londres, a primera hora de la mañana. No soy capaz de encontrar la causa de aquella felicidad, lo que confirma su autenticidad. Todas las demás ocasiones no responden sino a un reflejo condicionado, como el del perro de ­Pavlov. Aparece la causa y la felicidad empieza a segregarse, como un jugo estomacal.
  • Rafael Ramoshas quotedyesterday
    He aquí lo que he descubierto. Es tan obvio que es casi imposible verlo. El ácido desoxirribonucleico de cada ser viviente, con su doble cadena, tiene la estructura de un laberinto. Un laberinto vertical que se despliega en una espiral. Las instrucciones genéticas para todas las formas de vida están escritas en un laberinto. Así que esa es la forma ideal para conservar y transmitir la información. Por eso el ADN ha permanecido tanto tiempo codificado. Estamos hechos de laberintos.
  • Rafael Ramoshas quotedyesterday
    No tengo ni idea de cuánto tiempo habrá pasado desde que estoy aquí. No recuerdo si entré por mi cuenta o si me encerró alguien. La oscuridad es tan espesa que el tiempo se ha perdido. Únicamente en la oscuridad no existe el tiempo. No sé cuántos años tengo. Se han olvidado de mí. Tengo ganas de golpear la puerta hasta que me oigan y me abran. Hay solo un problema irresoluble y en él se condensa todo el horror. No hay puerta.
  • Rafael Ramoshas quotedyesterday
    Fui al entierro de un escritor. En vida, el difunto tuvo la fiebre del heno. Ahora yacía allí, completamente cubierto de flores, parecía a punto de estornudar. Una orquídea le metía su pistilo en la nariz. Pero evidentemente estaba curado. Me fijé —creo que los demás también se fijaron— en las ancianas desconocidas y de pelo azul que había en un extremo de la sala. Llevaban crisantemos y parecían sinceramente conmovidas. Sus amantes de antaño. El difunto tenía esa debilidad. Ahí estaban, eran sus quince minutos de gloria. Habían sido invisibles toda la vida, veteranas del amor secreto. Eran parte del ejército de las anónimas, a diferencia de la esposa y la amante oficial. Al final, la vejez había conseguido igualarlas a todas.
  • Rafael Ramoshas quotedyesterday
    Empezó a viajar. A huir de la vejez, en realidad. Pero irónicamente era justo allí, en esos otros lugares, donde se le revelaban todas las señales del envejecimiento.
    Una mañana, con treinta y cinco, vio su cuerpo en el amplio cuarto de baño repleto de espejos de un hotel griego. Nunca antes se había observado tan de cerca. Tenía un cuerpo bueno, sano, normal. Dejando al margen el brazo roto, cuya escayola blanca había empezado a deteriorarse. Esa mañana notó los primeros indicios del envejecimiento. Muy ligeros, y sin embargo claros. Había empezado años atrás, cómo es que no lo había notado hasta ahora. Se dijo a sí mismo que recordaría ese día. Recordaría el hotel en Tesalónica. Su cuerpo, blanco y blando, había empezado a aflojarse, su piel había empezado a hacerse cada vez más fina, transparente, con unas finas vetas azules. Es la vejez, se dijo, igual que hasta hace un par de años se decía: es el amor. A veces se envejece así, en solo unos minutos, una mañana, en un hotel extranjero. A partir de ese día siguió observando su cuerpo en los espejos de los hoteles, era precisamente allí donde le acechaba la vejez.
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