Empezó a viajar. A huir de la vejez, en realidad. Pero irónicamente era justo allí, en esos otros lugares, donde se le revelaban todas las señales del envejecimiento.
Una mañana, con treinta y cinco, vio su cuerpo en el amplio cuarto de baño repleto de espejos de un hotel griego. Nunca antes se había observado tan de cerca. Tenía un cuerpo bueno, sano, normal. Dejando al margen el brazo roto, cuya escayola blanca había empezado a deteriorarse. Esa mañana notó los primeros indicios del envejecimiento. Muy ligeros, y sin embargo claros. Había empezado años atrás, cómo es que no lo había notado hasta ahora. Se dijo a sí mismo que recordaría ese día. Recordaría el hotel en Tesalónica. Su cuerpo, blanco y blando, había empezado a aflojarse, su piel había empezado a hacerse cada vez más fina, transparente, con unas finas vetas azules. Es la vejez, se dijo, igual que hasta hace un par de años se decía: es el amor. A veces se envejece así, en solo unos minutos, una mañana, en un hotel extranjero. A partir de ese día siguió observando su cuerpo en los espejos de los hoteles, era precisamente allí donde le acechaba la vejez.