Jueves 27 Paso la mañana corrigiendo hasta el último instante el horroroso francés de la traducción, y llego exhausto a la conferencia.‡ La sala, por supuesto, llena a rebosar, discursos de los ministros que me flanquean, los dos mil asistentes se levantan en mi honor, yo estoy muerto de vergüenza y empiezo a sudar. A continuación, el discurso de los estudiantes, luego la sesión de fotografías y, gracias a Dios, se han acabado los actos públicos. Por la noche vuelvo a ir en automóvil a la laguna Rodrigo de Freitas, donde tengo la sensación de hallarme en medio de las montañas suizas, el claro de luna sobre las cimas, una noche de verano en los Alpes. El lago refleja nítidamente cada luz y ofrece un espectáculo indescriptible. Por último, me dirijo a la Gruta da Imprensa, una grandiosa quebrada que se precipita sobre el mar.